Somewhere in between
Un recorrido fotográfico a lo largo de la ruta en tren más larga del mundo: de Portugal a Singapur
El 16 de julio de 2025 subí a un tren en el sur de Portugal.
Treinta y seis trenes después y dos meses más tarde bajé en Singapur.
Más de 18.000 km sobre raíles cruzando 13 países de 2 continentes.

Desde el inicio del viaje me rondaba la idea de los “no lugares”, esos espacios de paso sin identidad, sin alma. Pero estación tras estación no podía dejar de pensar: ¿cómo puede este tren no tener alma? Y empecé a observar con más profundidad. Estos vagones no es que no tengan identidad: la transforman. Son espacios móviles, y el movimiento lo cambia todo. En cada parada, suben unas costumbres y bajan otras, los idiomas se cruzan, las culturas se mezclan. Incluso algo tan marcado como el tiempo se diluye con los cambios horarios. Lo sentí desde el primer día, en el tramo de Entroncamento (Portugal) a Badajoz (España): un solo vagón unía dos idiomas, dos culturas, dos zonas horarias. No era “Portugal” ni “España”. Era un vagón entrelugares. Era el trayecto. Incluso la comida refleja ese cruce: en el tren que une Alemania y Polonia, el menú del vagón-restaurante ofrece platos típicos de ambos países, porque el paladar no entiende de fronteras. Y luego, Rusia. Durante los cinco días del Transiberiano, la nacionalidad no cambia. Todos los pasajeros son rusos. Pero el cambio se manifiesta constantemente. A medida que el tren avanza, cambian las facciones, se mezclan etnias, se presentan unas tradiciones y se despiden otras. La diversidad aparece tramo a tramo, sutil, casi imperceptible. ¿En qué momento ocurre el cambio? No hay un punto exacto. El cambio simplemente sucede. Y eso, en un avión, no pasa. Incluso el tiempo se diluye. En el tren conviven múltiples horarios: el del origen, el del destino… ¿pero cuál es el del trayecto? Ninguno domina. ¿Y entonces, cuándo saqué esa fotografía? A las 15:00 de Moscú o a las 16:00 de Samara. Da igual. Fue en ese lapso indefinido donde el tiempo deja de importar. Esta serie reivindica el alma de estos espacios en movimiento. Pone el foco en el trayecto, ese espacio que para la mayoría conlleva una espera que suele pesar. Pero el viaje no es un trámite a sufrir entre destinos: es un territorio en sí mismo, donde el tiempo, la identidad y el lugar se desdibujan. Un espacio en transformación que solo existe mientras se está viajando.





















Las fotografías que me robaron
Ayer, 4 de diciembre, me robaron todo mi equipo y lo más doloroso, el disco duro donde guardaba todas las imágenes del viaje. Más de 30.000 fotografías perdidas. Mi mayor temor haciéndose realidad.
Lo peor es que faltaban apenas unos días para enseñar el proyecto fotográfico que llevaba meses construyendo. Había quedado en mostrárselo el lunes a Pablo, mi pareja. Ni él ha visto nunca ninguna de estas fotos. Y ya nunca podrá verlas, ni él, ni nadie. Ya no existen.
Seis meses revisando día a día unas imágenes muy concretas, a veces rozando la obsesión y en un instante ya no están.
Esta noche, entre la rabia y la pena, no he podido dormir. Mi cabeza no ha parado de lamentarse hasta que he dicho que no, que no se perderán. Las llevo conmigo. Las tengo grabadas a fuego. He pasado tantas horas mirándolas, revisándolas, dejándolas reposar a la fuerza, que se han vuelto parte de mí. Duele pensar en ellas, pero las escogí para compartirlas y así lo haré: voy a describirlas para que nunca se pierdan. Y quizás saquemos algo bonito de esto. Al fin y al cabo, ¿no dicen que es mejor el libro que la película? ¿que la radio guarda una magia que la tele no sabe replicar? Os contaré mis fotografías, y seréis vosotros quienes las imaginéis. Cada uno tendrá su versión, su luz, su textura. Y quizás en este ejercicio también haya belleza.
Porque, siguiendo la idea que guía mi proyecto: no importa el dónde ni el cuándo. Aquí tampoco importan los píxeles. Una imagen sigue siendo imagen aunque solo exista en quien la recuerda. Yo conservaré la mía, y a vosotros os regalo la vuestra.
Las describiré a mano, en el reverso de fotografías donde aparece mi madre, porque ella y esas fotografías son mis tesoros perdidos, que no volverán, pero que permanecerán para siempre en nuestro imaginario.

























